La palabra otaku casi siempre es utilizada de manera despectiva en ambas partes del mundo. A pesar de eso, me tomo el atrevimiento de resignificar su significado.
En Japón, antes de la oleada del Cool Japan, la palabra otaku significaba ser fanático de algo, de cualquier cosa. No importaba qué objeto despertaba esa pasión, sino cuán fanático se era, al punto de convertirse en un experto en el tema. Por ejemplo, un otaku de trenes es una persona cuya pasión son los trenes: conoce los modelos, sus recorridos y colecciona réplicas o maquetas.
No obstante, la palabra otaku también fue mutando en Japón y tomó una connotación negativa. Eran jóvenes adultos que, a los ojos de gran parte de la sociedad, seguían siendo niños por continuar consumiendo series animadas, coleccionando figuras de sus personajes favoritos, leer mangas, jugar videojuegos online o hacer cosplay, como si fueran personas incapaces de madurar.
Además, este estereotipo se agravó cuando los medios de comunicación comenzaron a hablar del caso del “asesino otaku”. Este hecho tuvo un gran impacto en Japón y en el resto del mundo, ya que el asesino serial Tsutomu Miyazaki asesinó a cuatro niñas de entre cuatro y siete años.
Cuando la policía allanó su casa, los medios difundieron la imagen de una habitación que rápidamente fue asociada con el estereotipo del otaku: un pequeño cuarto de cuatro tatamis y medio, lleno de revistas, mangas y objetos de colección apilados de manera desordenada, rodeado de envases de comida instantánea y una computadora destinada al consumo de anime y videojuegos. Desde entonces, esa imagen contribuyó a consolidar una visión negativa del término que aún persiste en ciertos sectores de la sociedad.
Asimismo, en este lado del océano, desde los primeros años de la década de 1990 hasta aproximadamente 2020, el estereotipo del otaku era el de una persona tímida e inadaptada social. Muchas veces se los representaba hablando en español neutro, con modismos exagerados que rozaban lo teatral; se decía que no se bañaban durante varios días, que eran personas engreídas que se creían superiores por saber de cultura japonesa y que reducían el japonés a tres palabras: “arigatō”, “sumimasen” y “onii-chan”.
Ser otaku durante este período era motivo de vergüenza y de bullying. De igual manera, los medios de comunicación no ayudaban. Cada tanto transmitían notas con títulos amarillistas como “Los videojuegos crean asesinos” o “El anime X provoca que los niños se vayan de sus casas”.
Estas sesiones televisivas no tenían una buena recepción por parte de gran parte del público, ya que poseían un tono cómico, casi ridículo. El problema residía en que muchas personas de mayor edad reproducían, sin intención, esos discursos malintencionados, contribuyendo a que el estereotipo se volviera aún más fuerte.
Con el paso de los años, sumado al arduo trabajo de la política de Cool Japan en Japón, este estereotipo comenzó a cambiar hasta mutar de manera radical. Hoy en día, en muchos casos, el consumo de anime y manga se ha vuelto un fenómeno mainstream. Dejó de ser una afición reservada para un grupo reducido de eruditos o aficionados de difícil acceso, como si se tratara del examen de ingreso del CBC de la UBA.
Pero tampoco me termina de agradar eso. Me molesta que algo tan vasto se reduzca a tres series, un manga y un personaje de moda.
Por eso, en este espacio quiero contar cómo es mi experiencia de recorrer este camino, que para mí es como la de un aprendiz tratando de entender una cultura que es muy lejana y distinta, pero que genuinamente la siento cercana, parecida; a veces, incluso, peco de adueñármela.
Por eso siempre estoy leyendo, debatiendo y aprendiendo sobre la cultura japonesa, para no caer en el orientalismo. Tengan piedad de este humilde otaku.