Mi primer contacto con la literatura japonesa fue en mi pubertad. Como cualquier niño lleno de curiosidad y con una computadora conectada a internet, exploré esa red sin fin hasta que mi puerto fue una página donde se podía ver anime. Era algo totalmente nuevo para mí y, en ese preciso momento, se sembró la semilla de mi camino.
La escuela la recuerdo con mucho cariño, ya que cursé la escuela secundaria en Suiza. Tenía una gran biblioteca y recuerdo que le pregunté, con mucho pudor, a la bibliotecaria si tenía algún libro de japonés. Ella me miró con un gesto extraño, como si no entendiera por qué quería eso. Lamentablemente, no tenía ningún manual, pero sí algunos ensayos de escritores japoneses y eso, en ese momento, fue más que suficiente para saciar mi curiosidad.
Después, en mi joven adultez, gracias a mi familia tuve la oportunidad de viajar muchas veces a Japón, ya que mi padre era abogado en la Embajada de Japón. Tuvimos la gran dicha de visitar ese país en numerosas ocasiones.
Mientras mi padre trabajaba en reuniones con gente de la embajada argentina en Japón, mi madre y yo teníamos un plan excepcional: perdernos por los callejones de Tokyo. Así, terminábamos comiendo con gente local en pequeños bares, llamados izakayas, riéndonos de los choques culturales.
De ese modo, en una de las tantas veces que nos perdimos, terminamos en una biblioteca. Por suerte para nosotros, tenían una sección de libros en francés e inglés. Cuando tomé el primer libro que llamó mi atención, fue como abrir un portal. Ese libro era El libro de la almohada, de Sei Shōnagon. Paradójicamente, cinco años después, una editorial argentina cuya dueña era nikkei me propuso traducirlo. Esta obra me enseñó que escribir un diario personal, o como se dice ahora, “hacer journaling”, puede ser tan poderoso como escribir una novela.
Este portal me transportó a adquirir nuevas maneras de expresarme, nuevas formas de ver la lectura y nuevas analogías para no ser tan obvio al escribir; descubrir ideas que no sabía que eran posibles de expresar.
Después de leer El libro de la almohada, seguí con el Genji Monogatari; luego me encarnicé leyendo el Kojiki y, más tarde, fui al Heike Monogatari. Así fui adentrándome cada vez más en el asombroso mundo de la literatura japonesa.
Además, me fascinó tanto la literatura japonesa que, en algún momento —no sé exactamente cuándo—, empecé a leer archivos sobre Japón, a ver fotografías del antes y el después de sus ciudades y a mirar videos sobre su cultura.
Así, sin quererlo, me estaba nutriendo para mis futuras obras. Algo en mi interior me decía que algún día ganarían premios y serían leídas por mucha gente alrededor del mundo. Sin embargo, desconfío de las galardonaciones; la fama suele ser una forma del malentendido.
De esta forma, llegué a la conclusión de que hay patrones en mi escritura en los que puedo reflejarme o, mejor dicho, que inconscientemente absorbí durante mis largas horas de lecturas japonesas.
Por ejemplo, algo fundamental que observo en mi escritura es que, para mí, no existen los sinónimos, porque por algo existen dos, tres o hasta cuatro palabras diferentes; alguna diferencia deben tener. Como comenté al inicio de la página, no hablo japonés de manera fluida, pero a través de mis viajes y de mi aprendizaje constante voy adquiriendo nuevo vocabulario, y ahí me doy cuenta de lo difícil que es determinar la traducción de una palabra.
Yo no soy ningún dios para determinar una traducción fija de una palabra o una frase; por eso añado matices o incluyo, de forma esporádica, traducciones literales de un texto en mis propios escritos.
También, de a ratos, siento que los narradores de mis obras son japoneses, ya que toman cierta distancia y discreción frente a los hechos. Si quiero que un personaje diga algo contundente, hago que lo exprese a través de una línea de diálogo. Casi nunca hago que el narrador opine de manera determinante o que diga cosas en lugar del personaje.
Algo muy curioso que también escribo inconscientemente es la forma en que las estaciones del año marcan el tiempo de las narraciones. En la cultura japonesa resulta muy interesante cómo no existe un día preciso para determinar el comienzo o la finalización de una estación; simplemente existen señales que anuncian su llegada.
Por ejemplo, cuando florece el primer sakura, comienza la primavera; cuando cae la primera hoja roja, empieza el otoño. Eso mismo me ayuda a construir las metáforas de mis obras, para no ser tan obvio y evitar determinados clichés de la literatura contemporánea.
Casi siempre escribo cuentos o narraciones cortas porque, mientras más particular es algo, más se llega a lo general. En lo abarcativo no están los detalles que quiero escribir. Por eso, para mí, lo importante no es el lugar, sino lo mirado.
Transmitir una idea clara en pocas páginas me genera un gran, pero delicioso, desafío. Cada vez que voy a un templo budista y veo cómo los monjes rezan en silencio; cada vez que entro a un onsen, todo pudoroso y frágil por estar desnudo; cada vez que como un ramen mientras la cocinera me cuenta cómo lo realizó, todos esos pequeños momentos me ayudaron a entender la gracia de transmitir una idea, un sentimiento, una historia.
Por eso, para mí, la distancia que tenemos con Japón es cultural. Japón es, en el día de hoy, un país que cambia constantemente y, sin embargo, parece permanecer idéntico; su esencia permanece intacta, porque es como volver al pasado, a ese lugar que amamos aunque no hayamos nacido allí.